El teporingo, también conocido como conejo zacatuche, enfrenta una situación crítica en México al permanecer en la categoría de “en peligro de extinción”.
La degradación de su hábitat natural, sumada a la caza furtiva y la expansión urbana, ha reducido de manera significativa sus poblaciones en los últimos 40 años.
De acuerdo con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto de Investigaciones Biomédicas, la preservación de este pequeño mamífero resulta indispensable para mantener el equilibrio de los ecosistemas de montaña, donde funciona como dispersor natural de semillas.
“La investigación y conocimiento de esta especie es crucial para su conservación, por lo que invitan a la población a prestar atención a las pequeñas especies que mantienen el equilibrio ecológico”, indicó la UNAM desde la Estación Científica La Malinche.
Un habitante exclusivo de los volcanes centrales
El teporingo es una especie endémica que habita exclusivamente en los pastizales y laderas de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, así como en otras zonas del Eje Neovolcánico Transversal.
Sus poblaciones se localizan entre los 3,000 y 4,300 metros de altura, en ambientes fríos donde aprovecha la vegetación de zacatones para refugiarse y alimentarse.
Este mamífero pertenece a la familia Leporidae y es el único representante del género Romerolagus. Mide entre 20 y 35 centímetros de largo y pesa alrededor de 600 gramos.
Sus orejas son cortas, su cola es casi imperceptible y su pelaje es denso, de tonalidades que varían del pardo al negro, lo que le permite soportar bajas temperaturas.
Reproducción limitada y amenazas
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) incluyó al teporingo en la lista de especies en peligro desde hace 15 años, aunque especialistas advierten que el riesgo existe desde hace más de cuatro décadas.
Entre las principales causas de su disminución se encuentran la deforestación, la agricultura, el pastoreo y la construcción de carreteras que fragmentan su hábitat.
Alejandra Alvarado Zink, investigadora de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, explicó que el aislamiento de sus poblaciones agrava la situación de la especie.
“Es difícil sacarlo de ese estatus porque existen varios problemas dentro de las zonas montañosas donde vive, como la tala inmoderada, la recolecta de madera, el aprovechamiento de recursos como los hongos y otros productos que, al final, perturban la zona de alguna forma; es decir, la intervención humana”, precisó.
Además, su ritmo reproductivo es limitado en comparación con otros conejos, ya que sus camadas suelen estar conformadas únicamente por dos crías, lo que reduce la capacidad de recuperación de la especie.
Papel ecológico y marco legal
El teporingo cumple un rol ecológico fundamental como reforestador natural, pues al consumir hierbas y plantas nativas contribuye a la dispersión de semillas que regeneran los bosques de montaña. Esta función lo convierte en un indicador del buen estado de salud de los ecosistemas que habita.
En el plano normativo, la especie se encuentra protegida por la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente, así como por la Norma Oficial Mexicana NOM-059-ECOL-1994, que regula la conservación de especies en riesgo.
Conservación y esfuerzos académicos
La UNAM, a través de la Facultad de Ciencias y de los Institutos de Ecología y Biología, desarrolla proyectos de conservación en colaboración con la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO). Estos trabajos incluyen estudios de genética de poblaciones, comportamiento y ecología.
Por su parte, la Estación Científica La Malinche, en conjunto con la Universidad Autónoma de Tlaxcala, ha fortalecido la investigación en campo.
“Hay que apoyar desde diferentes frentes a través de la investigación”, subrayó la UNAM
Un símbolo de biodiversidad mexicana
El teporingo comparte con especies como el ajolote, la vaquita marina y el lobo mexicano la condición de emblema de la biodiversidad nacional en riesgo.
Aunque su avistamiento en la naturaleza es escaso por sus hábitos nocturnos y su carácter evasivo, su presencia representa un símbolo de identidad para las comunidades que habitan en las zonas volcánicas del centro del país.
