Por: Alejandro Pérez Corzo
En México somos especialistas en cambiarle el nombre a las cosas para tratar de hacer exactamente lo mismo.
Ahora resulta que los aspirantes ya no son aspirantes. Son “defensores”.
Morena tiene sus defensores de la transformación. El PRI presentó a sus Defensores de México. El PAN también ha recurrido a figuras de defensa de la patria, la familia y la libertad.
Distintos partidos, distintos nombres y demasiadas coincidencias.
Personajes con evidentes aspiraciones electorales recorriendo territorio, encabezando eventos, apareciendo en publicidad y construyendo estructuras mucho antes de que empiecen formalmente las campañas.
El problema no es cómo les llamen.
La legislación electoral prohíbe los actos anticipados de campaña y el Tribunal Electoral ha establecido los elementos que deben analizarse para determinar cuándo existen.
Por supuesto que salir a la calle, asistir a una reunión o aparecer en una fotografía no convierte automáticamente a nadie en infractor de la ley.
Pero tampoco hace falta decir literalmente “vota por mí”.
Para eso existen los llamados equivalentes funcionales. Hay que analizar qué se dice, cómo se dice, ante quién se dice y para qué se está posicionando a una persona frente al electorado.
Porque cambiarle el nombre a una campaña no cambia necesariamente su naturaleza.
Movimiento Ciudadano acaba de presentar ante el INE una queja por presuntos actos anticipados relacionados con cinco funcionarios de Morena. Será la autoridad electoral la que determine si las conductas denunciadas constituyen o no una infracción.
Pero la discusión va mucho más allá de esos casos.
Durante años vimos a Morena adelantarse a los tiempos electorales utilizando figuras que formalmente no eran precandidaturas ni campañas. La oposición lo denunció una y otra vez.
Lo preocupante es que ahora algunos de esos mismos partidos parecen haber decidido que, si no pudieron impedir la práctica, lo mejor era copiarla.
Y así vamos normalizando la simulación.
Primero encontramos una rendija en la ley. Después alguien más la utiliza. Luego todos hacen lo mismo y al final terminamos preguntándonos por qué existen reglas que nadie está dispuesto a respetar.
Las leyes electorales pueden estar mal hechas. Podemos discutirlas, modificarlas o incluso eliminar algunas de sus restricciones.
Lo que no se vale es mantenerlas vigentes mientras inventamos nombres cada vez más creativos para tratar de darles la vuelta.
Al final da exactamente lo mismo si se llaman corcholatas, coordinadores, promotores o defensores.
Si quieren ser candidatos, que compitan.
Pero cuando corresponda.
Porque quien empieza buscando cómo darle la vuelta a la ley para llegar a un cargo difícilmente puede después presentarse como su más ferviente defensor.
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